GENETICA DE LA VIOLENCIA HUMANA Parte 2

    Rhee y Waldman presentaron una revisión cuantitativa de los estudios genéticos en conducta antisocial y agresividad, en la que incluyeron 10 estudios de agresión física, cinco en muestras de niños y cinco en muestras de adultos. Los efectos genéticos explicaban, en promedio, el 44% de la varianza en agresividad, los factores de ambiente compartido explicaban el 6%, y el ambiente no compartido, el 50%. Como tendencia general observaron que los factores de ambiente compartido y genéticos disminuyen con la edad, mientras que los factores de ambiente no compartido aumentan. Sin embargo, existen otras publicaciones que estudian los efectos de los genes y del ambiente en las diferencias individuales en agresividad y que no se consideraron en este metaanálisis. Seis de ellas comprendían muestras de niños de entre 3 y 12 años. La mayoría de estos niños participaron en estudios longitudinales y formaban parte de muestras homogéneas con respecto a la edad. Los resultados sugieren que, entre los 3 y 12 años, las influencias de factores genéticos en la agresividad son considerables y estables. La varianza explicada por factores genéticos varía entre 17-84% (52% de promedio), la varianza explicada por los factores de ambiente compartido varía entre 17-75% (23% de promedio), y la varianza explicada por el ambiente no compartido varía entre 7-60% (21% de promedio). A menudo, se encontraron diferencias de género en las estimaciones de la heredabilidad, con una tendencia hacia efectos relativos de los genes más altos en las niñas que en los niños.

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   Cuatro de los estudios se realizaron en muestras de adultos. Las estimaciones de los efectos genéticos en adultos tienden a ser más bajas que aquéllas para los niños, variando entre 0-48%, con una media del 26%. No se encontraron efectos del ambiente compartido en ninguno de los estudios, mientras que los efectos del ambiente no compartido tienden a ser, lógicamente, más altos (25-72%, media del 59%). Tampoco se encontraron diferencias de género en ninguna de las muestras de adultos, resultado consistente con el metaanálisis de Rhee y Waldman, en el que no se observaron este tipo de diferencias en el tamaño relativo de las influencias de factores genéticos y ambientales en agresividad y conducta antisocial. Resumiendo, se puede argumentar que aunque la influencia de los factores genéticos parece ser un hallazgo persistente en los estudios genéticos de la agresividad, las estimaciones puntuales de la heredabilidad tienden a variar considerablemente, incluso dentro del mismo rango de edad. La presencia o ausencia de efectos ambientales, y los cambios que éstos sufren a lo largo del desarrollo, varían también de forma considerable entre los distintos estudios.

    Etiologías diferentes para distintas trayectorias de desarrollo.

    Se ha sugerido que la población no es homogénea respecto al desarrollo de las conductas agresivas y, por tanto, tampoco lo es por lo que se refiere a los factores etiológicos que la explican. Estos autores proponen que los factores genéticos deberían explicar la mayor parte de las diferencias entre individuos que muestran conducta agresiva permanente a lo largo de su vida, mientras que la variación entre individuos que muestran trayectorias de desarrollo normativas, con niveles medios de conducta agresiva que disminuyen con la edad, vendrían explicadas en igual magnitud por factores ambientales y factores genéticos. Con el fin de probar esta teoría, utilizaron dos escalas diferentes del Child Behavior Checklist: la escala de agresión general y la escala de ruptura de reglas. Las conductas que describen los ítems de la escala de ruptura de reglas son más características de la conducta agresiva de tipo adolescente, que disminuye posteriormente con la edad. Los ítems incluidos en la escala de agresión general caracterizan patrones de conducta agresiva persistente. Los resultados de este estudio apoyaron sus hipótesis, en una muestra de niños, para los que diferencias individuales en la escala de agresión general vinieron a explicarse fundamentalmente por la varianza genética. En contraste, las diferencias en la escala de ruptura de reglas se debían tanto a diferencias genéticas como a la variación en el ambiente compartido. Estas diferencias entre ambas escalas fueron menos pronunciadas en un estudio posterior realizado en una muestra de adolescentes. Además, otro trabajo ha obtenido que las diferencias genéticas fueron mayores en la conducta antisocial persistente a lo largo de la vida que en el caso de adolescentes con conducta antisocial limitada. Resumiendo, la existencia de etiologías diferentes que definen distintos subgrupos de individuos dentro de la población, que se caracterizan por distintas trayectorias de desarrollo de la conducta agresiva, puede ayudar a explicar el amplio rango de estimaciones de heredabilidad que emergen de los distintos estudios de la genética de la conducta.

mokososnota

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